El ratón que se enamoró de un queso

Por CRIS G CAMPOS

Te contaré una historia, que empieza como las historias dignas de ser contadas con un 

 

Había una vez…

un pequeño ratón de campo que pasaba sus días descubriendo todo a su alrededor con suma curiosidad. Tendría doce semanas de vida, lo cual equivaldría a unos 17 años humanos, más o menos. En esas seis semanas su experiencia iba algunos  metros fuera del granero en el que había nacido.  
 
Su naturaleza curiosa le había llevado a conocer lugares que sus hermanos aún no descubrían, quedándose al abrigo seguro del conocido granero que los cobijaba.  Ahí tenían los granos que requerían para alimentarse y para ellos, eso era suficiente. 
 
Un día, durante una de sus expediciones, se encontró pasando los dinteles de la casa grande.  Le habían advertido muchas veces sobre los peligros de entrar ahí. Muchos de sus congéneres que lo habían hecho antes no volvían a salir. 
 
Los humos que salían por la chimenea hacían vibrar sus bigotes y se sintió atraído fuertemente a averiguar qué es lo que había ahí.
 
Trepó por la pared hasta la ventana de la cocina.  Pudo ver a la diligente cocinera sacando tartas del horno, las cuales ponía a enfriar sacándolas a la pequeña repisa de la ventana y dejando ésta abierta apenas para que no se escapara el calor del interior. 
 
También estaba  el gato gordo echo un ovillo, durmiendo como solía hacerlo por las mañanas. 
 
Se coló sigiloso  y decidió que lo  más seguro era ir por debajo de los muebles, pegado a las paredes.
 
Durante su incursión , algo en el ambiente le hizo parar en seco. Un olor totalmente nuevo le causaba un sinnúmero de emociones en su cuerpo . Se dejó guiar por él y ¡ahí en el rincón, dentro de la alacena  estaba aquella cosa tan deliciosa y sensual!, con un color amarillo que nunca antes había visto y un fuerte olor que le invitaba a hincarle los dientes.
 
En el justo momento en que iba a acercarse, la garra del gato casi lo alcanza, aunque lo tomó por sorpresa, el pequeño ratón era de reflejos rápidos y  emprendió su huida. 
 
Para su fortuna el gato era tan gordo, que no alcanzó a pasar por el breve espacio de la ventana.     
 
Una vez seguro en el granero y aún con la adrenalina en su pequeño cuerpo, se dio cuenta de que lo suyo era amor.  Ahora en su pensamiento había una sola cosa: ¡Rescatar a ese Queso!

 

 

El amor llegó 

Sabemos por experiencia, propia o ajena,  que cuando alguien se enamora, entra en un estado en el que la lógica y la coherencia brillan por su ausencia.  Pensemos  que en los ratones sucede lo mismo. 

El pequeño ratón se pasaba suspirando y dejó de hacer sus diarios recorridos. Su familia llegó a pensar que estaría enfermo.  Pasaba gran parte de su día maquinando las formas de burlar al Gato Gordo y salir de ahí con el  Amado Queso. Y otra parte del día su imaginación que ya vivía en un Castillo en el Aire volaba a todos esos lugares de lo que podía hacer una vez que su Amado Queso y él, estuvieran juntos. ¡Uy! ¿Cómo podría mostrarle su adoración?  

Luego un torbellino de pensamientos lo atacaban:  – ¿Y si Amado Queso, no sentía lo mismo?  No. Estaba seguro que ese color y su fuerte olor solo eran para él.  

Y así se debatía en su pequeño cerebro de ratón causándole un gran agotamiento mental. 

Sabía que tenía que actuar.  Su pequeño corazón tampoco resistiría más la ausencia de ese amor en su vida.  No sabía de nadie en su familia que hubiera hecho algo así, pero no le importaba ser el primero.  Y como  sabía que ninguno entendería, todo esto lo mantenía en secreto. 

Durante sus indagatorias, observó que los martes eran cuando la cocinera sacaba las tartas a la ventana y  era más fácil colarse, otra cosa era burlar al gato y sacar a Amado Queso de aquel lugar en el que estaba prisionero.  Estaba resuelto. Sabía que lo resolvería: un amor como el suyo no existiría sino fuera porque le había sido reservado el mejor desenlace.  Y él estaba dispuesto a todo con tal de defenderlo y tener su Felices Por Siempre. 

Casi llegaba el día. Era importante dormir y descansar para la faena que le esperaba a la mañana siguiente. Pero el tiempo, en horas ratón pueden ser muuuuy largo.  

El Rescate 

Gato Gordo, estaba gordo no por las sobras de la cocina, sino porque era un hábil cazador de ratones. En una época en la que habían proliferado tanto, se ganó ese sobrepeso, aunque no crean que los engullía a todos. A algunos solo los cazaba por mero deporte y porque llevaba en su sangre el linaje de caza ratones. 

Con la edad y su peso ya  no era lo ágil que solía ser, por eso su dueño  ayudaba al control de plagas poniendo  trampas en los lugares en los que solían merodear los roedores. Sobre todo la cocina y de manera especial, la alacena.  Procuraba poner ahí un pedazo del queso más oloroso que ningún ratón dentro de su casa pudiera pasar por alto y tampoco negarse a comer.  Tenía un hermoso color amarillo irresistible. 

Ahí estaba en su guardia ese hermoso pedazo de queso, siendo la trampa mortal para un hambriento e ingenuo ratoncillo. 

Martes por la mañana. Pequeño Ratón estaba más que  entusiasmado porque faltaba muy poco para esa reunión que había soñado por tantos días. Estaba preparado, y lo más importante el amor que sentía le daba el valor de enfrentar a lo que fuera: la escoba de la cocinera y al mismísimo Gato Gordo. Sin despedirse de nadie, salió del granero sin ser visto, saltó de matorral en matorral cubriéndose entre el poco césped amarillento que había entre su guarida y la casa grande.  

Aguardó un poco hasta que vio abrirse la ventana de la cocina. Esperó a que la primer remesa de tartas fuera colocada en su sitio y la mujer volviera a su lugar frente al fogón para colarse como antes, bajando rápidamente hasta alcanzar una de las esquinas que lo mantenían fuera del alcance de Gato Gordo.  Ahora ya sabía  a dónde iba. No perdería tiempo en indagaciones, iba directo a su objetivo.  Al llegar a la alacena, se encontró con un contratiempo, algo había cambiado. Había un bloque de madera tapando el paso. Estaba cerrada, En todo su tiempo de planeación nunca consideró esa posibilidad. Buscó por los lados y haciendo un esfuerzo aplastó su pequeño cuerpo de una manera que ni él sabía que era posible, por una pequeña abertura entre el piso y la madera y pudo escurrirse dentro. ¡Estaba tan feliz y orgulloso!  Aunque por unos breves segundos tardó en acostumbrarse a la oscuridad del lugar, su olfato no le fallaba: ¡Amado Queso estaba ahí!  ¡Que nervios! 

Cara a cara le dijo que había ido a recatarlo de aquella prisión, que lo llevaría a un lugar mejor. No esperó respuesta. No había tiempo.  Lo tomó. Lo jaló y volvió a jalar con más fuerza. No podía ser que se estuviera resistiendo. Pequeño Ratón estaba desconcertado, pero estaba seguro que su felicidad estaba con ese pedazo de queso y no iba a dejarlo ahí. Un jalón más y el queso cedió. ¡El cielo estaba tan cerca!  Justo cuando el queso se movió, la ratonera se activó aprisionando el rabo de Pequeño Ratón.  El queso ni se inmutó ante su dolor. Estaba ahí como inerte ¡no tenía corazón!  ¿Cómo era posible que después de todo lo que había hecho, no se dignara siquiera a mirarlo, ya ni decir sacarlo de ahí? 

Pero eso no era toda la desgracia que ese día estaba por suceder. El sonido de la trampa al activarse había puesto en alerta a Gato Gordo y a la cocinera, la cual abrió la alacena con escoba en mano para dejar el paso a que el minino terminara el trabajo. 

Con el corazón roto y sus esperanzas destruidas, Pequeño Ratón tomó una decisión y era que ese día no iba a morir. Menos en las fauces del gato.  Como pudo corrió con todo y ratonera, la cual se atoró en uno de los muebles de la cocina. Gato Gordo maullaba anunciando su victoria y cuando estaba por alcanzarlo, Pequeño Ratón jaló tanto y con tal convicción,  que salió corriendo de ahí como alma que lleva el diablo, con un rabito más corto de con el  que había llegado, y otras heridas menos visibles pero quizás más dolorosas que haber perdido unos centímetros de cola. 

 

Epílogo 

Y aunque el cuento termina aquí.  Me daré la licencia de extenderme un poco más. Solo para invitarte a reflexionar ¿en cuántas experiencias similares te has encontrado? 

A veces nuestro entusiasmo nos lleva a ver cosas que no existen y a enfrascarnos en ciertas cruzadas que al final pueden ser frustrantes y dolorosas.  

Tal vez, solo tal vez, aún estemos en algunas de ellas: sean estas con relaciones de pareja, de trabajo, sociedades,  emociones u otras cosas en las que no hemos tenido aún la suerte de Pequeño Ratón para salir de ahí o porque aún no sabemos cómo hacerlo. 

Al final todo se trata de nuestras elecciones. Todo esto ha sido inspirado por mi deseo de llevar facilidad a las vidas de muchas personas que deseen un cambio en su realidad. Sé que dar un paso más puede no ser sencillo, pero sí te brindará posibilidades que no has conocido aún. 

Y no sé para ti, pero nuestro Pequeño Ratón, una vez que sanó sus heridas, se dio cuenta de que había algo mucho más grande para él que un queso rancio en una alacena. ¡Ops! ¿lo pensé o lo escribí?

Si te interesa ir un paso más allá. Te invito a mi taller A otra cosa mariposa. El arte de Soltar.  En el cual exploraremos entre otras cosas: 

  • La verdad y la mentira detrás de aquello que quieres y no puedes dejar ir.
  • Ataduras energéticas y su liberación
  • Gratitud
  • Todos los Puntos de Vista relacionados con la situación que no te apoyan en tu libertad
Es un taller totalmente práctico, en el que vamos a ir hasta dónde tú quieras llegar. 

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